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Ni una gota de optimismo

¿Descubrió Einstein la teoría de la relatividad en el gimnasio de su mujer?

El otro día nos juntamos el Fran, el David, yo y mi técnica particular en mi nueva casa a echar unas copas combatiendo la crisis ahorrando unos eurillos y disfrutando de conversación y anécdotas. ¿Ayudamos algo en esto a los hosteleros (no solo dueños de hostales) a combatir la crisis? pues ciertamente no, pero ¿cuándo se han preocupado los hosteleros de nosotros? Así pues, que se jodan los hosteleros y que rezumen las casas. A este paso pronto el fever saturday night se convertirá en el french saturday night con corrección, aceitunas en los cócteles y recetas moralistas jactanciosas de seguridad acerca, no de como arreglaríamos el mundo (algo español por excelencia), sino de como del mundo podría arreglarse a si mismo si imitara nuestra autosuficiencia (eso si que es muy francés).

El caso es que salió a la luz algo enterrado pero peculiar. Un amigo mío comentó que le tiraba los tejos una treintañera pero que a él, como que no. Sorprendidos jaleamos a nuestro amigo. A mi, en mi particular, me molan las treintañeras. Para mi es esa etapa de la mujer en la que se dan cuenta de que su cuerpo abre solo puertas que llevan a otras puertas pero no hacia la luz. Tienen un resquemor intermedio entre la seguridad arrogante de los veinte y la resignación petulante de los cuarenta. Su cuerpo empieza a flaquear y los estragos de la edad van haciendo mella. Al contrario de los hombres que aceptamos la alopecia y la barriguita con una media sonrisa al amparo de unas tapas y una turba de amigos gañanes, las mujeres se atormentan solitariamente a cada cana, a cada kilo, a cada arruga (su "solidaridad de género", al contrario que nuestra "fraternidad" solo sirve para el mal)... pero aun tienen treintaypocos y piensan que aun son unas cachondas y para ellas follarse a un veinteañero interesante siempre es un puntazo que las hace sentirse mas veinteañeras. Es la etapa en la que vivimos nosotros ahora, de los 25 a los 30, con nuestra alopecia y nuestra barriguita la que hace que esas golfas se derritan y es nuestro deber aprovecharnos y subirles la moral con una dosis de nuestro aun vigoroso y terso argumento masculino... el caso es que mi amigo dudaba.

Para mi hay dos clases de treintañeras: aquella clase con la cual entablaste un compromiso en la veintena, has envejecido con ella y, renqueantemente, a los treinta te sigues tirando adoleciendo de aquel antiguo ímpetu hoy sobrevenido de apatía; y aquella segunda clase que son aquellas que han madurado a la treintena a tus espaldas ganando experiencia con otros y hoy se entregan a ti con renovado interes prestándose a cederte su dignidad por un poco de autoestima. Estas segundas son las que molan.

El caso es que mi amigo recapacita en torno a una frase que le comenté hace ya algun tiempo y que ayer bocajarró delante de mi compañera sentimental técnica que encajó con un futuriblemente preocupable mutismo. Por lo visto, hace años,  yo aconsejé a mi amigo que no flirteara con mujeres intelectualmente superiores a él y la susodicha treintañera, por lo visto, es química. En mi caso sería futil tal información debido a mi escala de inteligencia que se jerarquiza en la cadena humanista-científico-técnico, pero mi amigo, al ser técnico, se inscribe menos inteligente que la química que es científica.

Al contrario que un grupo de mujeres insolentes donde la mentalidad es de colmena y en el que todas las miembros habrían jaleado a la dubitativa compañera en un ejercicio de inútil solidaridad de género, los hombres que somos nosotros dimos palmadita en la espalda a nuestro amigo y carpetazo al asunto al grito fraternal unísono de "ella se lo pierde".

Como mola ser tío

Pd: hablando de Francia os desaconsejo totalmente ir a ver la peli "La clase", son 2 horas de tedioso y aburridísimo chovinismo.

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